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domingo, 12 de junio de 2011

Las botas del dramaturgo




Por Nelly Martínez Anderson
(19.6.10)

Tal y como lo viene haciendo desde hace más de veinte años, su reloj biológico le indicaba que era la hora de iniciar su acostumbrado ritual, salir de las tibias sábanas de su cama acompañada de su soledad, para continuar agregando líneas a su próxima obra, la cual, debe salir a escena antes de fin de año.

Algo de yoga, una ligera ducha y luego el infaltable cafecito bien cargado, marcan la pauta para iniciar su jornada, llena de nuevas páginas en la que quedarían plasmadas las vivencias de su cotidianidad y llenas de ese imaginario muy bien documentado.

Las botas que compró hace seis años forman parte del ritual del dramaturgo, no encendía su computador sin antes colocarse este atuendo al que le había conferido un lugar especial y no por el valor estético o monetario que implicaba, lo mágico de las mismas reside en que el día que las compró, estaba con el pequeño Andrés, quien contaba sólo con siete años y al pasar por la zapatería lo tomó de la mano y con una amplia sonrisa en sus labios le gritaba ¡papi, papi, compra esas botas, porque se parecen a ti!.

De allí surge la necesidad de Carlos de acompañarse siempre de sus clásicas botas, porque sabe que sin ellas algo falta a su vida, algo misterioso que lo envuelve y hace que extraiga esa creatividad necesaria para que sus páginas transmitan su verdadera esencia.

Sin embargo, cuando cambia de su rol de escritor a cocinero, su otra pasión, se quita las botas y con unas sencillas alpargatas, recuerdo de su viaje a San Juan de Los Morros, comienza a crear en su mente una nueva historia gastronómica, con la que deleitará el paladar de sus comensales, quienes cada vez se vuelven más exigentes, es que ellos saben que él no los defraudará, porque de una cosa están seguros, que cada actividad que Carlos emprende, está impregnada de pasión y respeto por el arte y por la vida

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